La caída de Mario Conde hace diez años certificó el final de la llamada «cultura del pelotazo»
M. V. R./ M. L.
El que fuera el emblema de la «cultura del
pelotazo», diez años después, cumple tercer grado, mientras Banesto se reflotó
y forma parte del grupo Santander
MADRID.
El 28 de diciembre de 1993 España se despertaba con la noticia de la
intervención de Banesto por parte del Banco de España. En un principio, y dado
el día que era, nadie daba crédito a esta información que hacía echar humo a
los teletipos de agencia, ocupaba todos los espacies radiofónicos y televisivos
e hizo que todos los periódicos aumentaran su tirada. El día de los Santos
Inocentes y Mario Conde en prisión. Increíble, pero cierto.
Habían
surgido rumores en los últimos días, pero nadie pensaba que el problema pudiera
ser tan grave. El problema era un agujero patrimonial de más de 605.000
millones de pesetas. Un auténtico terremoto en el mundo financiero español que
ponía en el ojo del huracán a uno de los más brillantes y jóvenes banqueros de
finales de la década de los ochenta: Mario Conde. Y sólo habían transcurrido
seis años desde que llegara a Banesto, por entonces, una de las cinco
principales entidades del país.
El
gobernador del Banco de España, Luis Ángel Rojo, no sólo decidió la
intervención de Banesto sino que destituyó a Conde y a todos los consejeros de
la entidad.
En
1993 se cumplían diez años desde que desde el ministerio de Economía dirigido
por Miguel Boyer se decidiera la expropiación de Rumasa y en el ámbito social
había estallado en las manos de Nicolás Redondo, secretario general de UGT, el
escándalo de la cooperativa de viviendas PSV.
Ese
día de los Santos Inocentes de hace diez años la Bolsa recibió uno de sus
grandes sobresaltos, cayendo su índice general ocho puntos, mientras Banesto y
todas las empresas relacionadas con el banco experimentaban grandes retrocesos.
La Comisión del Mercado de Valores decidió suspender la cotización de Banesto,
antes el descenso brusco de sus títulos, y el Banco de España intervino a continuación.
La explicación no era otra que para «adoptar medidas de saneamiento que no
podrían afrontarse por la entidad de forma aislada» y que requerían «el apoyo
de todo el sistema bancario».
El
agujero afectó a siete millones de clientes, que tenían sus depósitos en el
banco y a más de medio millón de accionistas, además de cerca de 15.000
trabajadores y alrededor de unas cincuenta empresas en las que la entidad
participaba y hasta se puso en duda la continuidad del grupo ciclista Banesto,
el grupo que casi diez años después al final resultaría disuelto. Pero en
aquellos años, Miguel Induráin era el líder.
La
intervención, por tanto, también afectó al Grupo Financiero, del que formaban
parte Banesto Bancking Corporation, Banesto Chile Bank, Banesto Banco Uruguay,
el argentino Banco Shaw y el banco portugués Totta Açores; cinco sociedades de
gestión de activos, otras cinco de productos no financieros, seis financieras y
dos aseguradoras.
El
sistema financiero llevaba tiempo criticando la política de expansión seguida
por Mario Conde en plena crisis económica, tras la invasión de Kuwait. El
presidente de Banesto dejó a sus competidores que consolidaran sus cuentas y
redujeran los riesgos, mientras él iba por libre haciendo todo lo contrario.
En
aquel momento, se calculaba que la fortuna personal de Mario Conde ascendía a
40.000 millones de pesetas, aunque cuando el caso llego a los tribunales
resultó que prácticamente no contaba con nada de dinero ni patrimonio a su
nombre.
Los nuevos gestores
Tras la destitución y de Conde y todos los consejeros, y para evitar un vacío en la gestión, el Banco de España nombró a Alfredo Sáenz, vicepresidente del Bilbao Vizcaya (BBV), y otros cuatro representantes de las principales entidades del país los nuevos consejeros. Fueron los que se encargaron de de elaborar un plan de saneamiento, mientras el Banco de España aprobaba una línea de crédito ilimitado para garantizar el dinero de los depositantes y accionistas.
Los
nuevos gestores se encontraron con dos graves problemas derivados del agujero
patrimonial. Por un lado, no poder cubrir el coeficiente de recursos propios
con el que respaldar sus inversiones y, por otro, la imposibilidad de generar
los beneficios necesarios para desarrollar su actividad. Unos problemas que dos
años antes Mario Conde había ocultado realizando una ampliación de capital de
130.000 millones de pesetas, que ni siquiera pudo desarrollarse por lo ficticio
de la operación, con JP Morgan al frente de la ampliación, porque no era más
que una forma de lavar la imagen. En sólo un año, y ante la crisis económica,
Banesto había pasado de unos beneficios superiores a los 30.000 millones de
pesetas (1992) a registrar pérdidas cercanas a los 6.000 millones
(enero-septiembre de 1993).
Mientras,
Conde se había dedicado a enfrentarse al Banco de España poniendo en cuestión
la ley de balances para demostrar que su entidad no tenía problemas.
En
1994 se abrió la puja por Banesto, a cuya compra aspiraban el Santander y el
BBV, entidad esta última de la que Sáenz era vicepresidente. Pero Botín ganó
ofreciendo 313.000 millones y dejó a Sáenz al frente de la entidad.
Y llega la cárcel
Mientras tanto, la justicia sigue su curso. En la investigación se descubre la vida y milagros de Conde, hijo de un inspector de aduanas y abogado del Estado, un hombre ambicioso que bajo la tutela del empresario Juan Abelló entró en «Antibióticos, SA» unos laboratorios farmacéuticos, que vendió a la italiana Montedison por 58.000 millones de pesetas en 1986. Con el dinero logrado, se hizo con un importe paquete accionarial de Banesto, que le llevó, primero a su consejo, y luego a la vicepresidencia, para que ayudado por la OPA lanzada por BBV, un mes después, le situara en la presidencia.
Pero
quiso abarcar demasiado. Se metió en grandes proyectos, que al poco tiempo se
frustraron, tuvo que desprenderse de empresas emblemáticas de la Corporación
como Petromed, y se dedicó a entrar en los medios de comunicación con la compra
de importantes paquetes de acciones en Antena 3 TV, el independiente, Época o
El Mundo, mientras la cuenta de resultados de Banesto iba de mal en peor, pero
Conde logra ser doctor honoris causa por la Universidad Complutense.
El
23 de diciembre de 2003, casi un año después de la intervención, el juez Manuel
García Castellón ordenaba su ingreso en prisión, saliendo 34 días después, tras
depositar una fianza de 2.000 millones de pesetas.
En
febrero de 1998, tras ser condenado a cuatro años de prisión por el «caso
Argentia Trust», donde se demostró su participación en la desaparición de 600
millones de pesetas, volvió a ingresar en Alcalá-Meco, centro donde pasó 17
meses en diferentes grados.
Sería
dos años después, el 31 de marzo de 2000 cuando la Audiencia Nacional dictó
sentencia sobre el «caso Banesto». Mario Conde sería condenado a diez años y
dos meses de prisión por delito de estafa, a través del grupo Dorna, y de
apropiación indebida cometida en el grupo de las Cementeras de Banesto. El
fiscal había pedido 49 años y medio de prisión. No pudo demostrar la
desaparición de 300 millones de Banesto ni las operaciones denominadas Carburos
Metálicos, Isolux, Promociones Hoteleras y Artificios Contables.
Además,
fueron condenados Arturo Romaní, ex vicepresidente de Banesto, a 13 años y ocho
meses de cárcel (quedó demostrada la apropiación indebida de 1.344 millones a
través de Carburos Metálicos); el ex director general Fernando Garro por
apropiación indebida en la operación Locales Comerciales, con seis años; y el
ex consejero Rafael Pérez Escorial, otros seis años por estafa en el caso Dorna
y apropiación indebida en Carburos Metálicos.
Los
otros siete procesados en el caso (Enrique Lasarte, Juan Belloso, Ramiro Núñez,
Eugenio Martínes, Jacques Hachel, Mariano Gómez de Liaño y Francisco Sitges)
resultaron absueltos al no demostrarse delito en operaciones como las
denominadas «Artificios Contables», Promociones Hoteleras e Isolux.
El Supremo aumenta la condena
Los
tres acusados recurrieron al Tribunal Supremo, que el 29 de julio de 2002
aumentó de 10 a 20 años la condena a Conde, mantuvo los 13 años de Romaní y los
seis de Fernando Garro, pero que aumentó de seis a diez años la condena de
Pérez Escolar, y aumentó el número de condenados, condenando al financiero
Jacques Hachuel y al ex consejero delegado Enrique Lasarte a cuatro años de
cárcel cada uno. Conde cumple ahora tercer grado penitenciario.
ABC 28 de diciembre de 2003
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