El sindicalista que se
hizo de oro vendiendo relojes
MIGUEL RODRÍGUEZ,
FUNDADOR DEL GRUPO LOTUS FESTINA
Recién
nombrado consejero de NH, fue lavacoches, emigrante en Suiza, afiliado al PC y
de Bandera Roja
MAR
GALTÉS - 28/12/2003
Barcelona
Miguel Rodríguez Domínguez es propietario y máximo ejecutivo de una de las
mayores empresas de relojes de España y de Europa. Con sus marcas Festina,
Lotus, Jaguar, Calypso y Candino, vende cada año 3 millones de relojes en 60
países, factura 180 millones de euros y tiene unos recursos propios de 60
millones. Pero nadie lo diría: es tan políticamente incorrecto como quiere, y
ni su historia y ni su aspecto tienen nada de convencional.
Nacido en La Línea de la Concepción en 1948, Miguel Rodríguez llegó a Badalona
con su padre, que se había quedado sin empleo cuando Franco cerró la frontera
con Gibraltar, “que es lo único bueno que hizo”. Miguel fue peón de albañil,
lavacoches y empleado de una fundición, mientras por las noches estudiaba para
delineante y después peritaje industrial. Pero le llegó la hora de la mili, y
para esquivarla se largó a Suiza, “con el billete de tren y 400 pesetas en el
bolsillo”. No entendía en francés ni los buenos días, pero enseguida lo
aprendió en “Le Monde” y “L'Humanité”. Se hizo camarero, y a los 17 días
ingresó en el Partido Comunista. Pero la alegría de las libertades le duró poco,
porque le mandaron de observador un mes a Bulgaria, y a la vuelta fue tan
crítico con ese capitalismo de Estado que le expulsaron, y fue a parar a
Bandera Roja; “Soy un hombre de izquierdas, y eso es una concepción del mundo:
un empresario debe enriquecerse pero también dar riqueza y puestos de trabajo a
la sociedad”.
En Suiza participó en la creación de Comisiones Obreras, y fue mecánico en una
fábrica de turbinas hasta que, cuando ya llevaba diez años, pudo volver: porque
prescribió su deserción y porque ya había democracia. Allí en la fábrica se
reía de sus colegas emigrantes que querían montar un negocio al volver a
España. “Yo quería ir a la Seat o a La Maquinista para hacer de sindicalista”.
Pero no planificó bien su vuelta, y se convirtió en empresario por “azar y
necesidad”: nada más llegar a Barcelona vio lo bien que se vendían unos relojes
que se trajo, y abrió tienda en el corazón del barrio chino. La tienda le duró
un año, que es lo que tardó en descubrir lo aburrido que era el mostrador: hasta
entonces era su mujer quien atendía a los clientes mientras él discutía de
política en la Rambla. Rodríguez cogió su maleta y se fue a vender relojes por
España. Vendió tantos, que pronto pudo comprar dos marcas suizas que estaban en
venta: Lotus en 1981, y Festina en 1984. Jaguar fue en 1989, y Candino el 2002.
Con sede en Barcelona, tiene fábricas en Córdoba y Suiza, y produce cosas en
China.
“El secreto: trabajar mucho. Días sin dormir, jornadas de 40 horas, para
expandir la compañía con pocos medios.” Hasta hace poco él mismo se encargaba
del mejor cliente, porque así el dineral que se ahorraba en comisiones lo
destinaba a capitalizar la compañía.
Como quien no quiere la cosa, Rodríguez ha levantado un imperio. Y cree que uno
de sus aciertos ha sido “invertir en la creación de marca”. Lo ha hecho
patrocinando un equipo de ciclismo: ese deporte (que no practica) le gusta
porque “se parece a los negocios: si dejas de pedalear, te caes. Y hay que ir
muy por delante, porque si te coge el pelotón, te comen”.
Rodríguez acaba de ser nombrado consejero de NH Hoteles, un hecho que saca a la
luz otra desconocida faceta suya, la de inversor. Fue consejero de Banco de
Alicante y accionista del Zaragozano; ahora participa en NH y el Banco
Sabadell, pero no le gusta hablar de negocios “más allá de mis relojes”, como
evita las apariciones públicas: “He ido muy bien en mi vida de anónimo”.
“No se puede ser todo: alto, guapo, rubio, andaluz. Yo no soy alto, ni rubio,
ni guapo, ¡pero soy andaluz!” En su tierra le llaman el catalán, pero es
andaluz hasta la médula, aunque “raro: no me gusta el flamenco, odio el fútbol,
y soy trabajador”, aunque eso lo matiza: “Mi mujer dice que me conoce más y que
sabe lo que me cuesta trabajar”. Lo que ha hecho es adaptar el trabajo a su
ritmo vital: no es nadie hasta después de mediodía, y su jornada termina a
altas horas de la madrugada; “eso tiene ser jefe”, dicen sus colaboradores.
Reconoce y demuestra que tiene una “memoria de elefante”. Con una pinta y un
acento más de taxista que de alto ejecutivo, se confiesa gran lector “de todo,
menos ciencia ficción”, y colecciona motos antiguas en su casa de Alella.
Casado con una catalana, y con cuatro hijos de entre 32 y 17 años, dice con
mucho resquemor que “formo parte de esos 900.000 andaluces que vivimos en
Catalunya pero que sólo contamos cuando vienen las elecciones”. Le duele que
como inmigrante le trataran mejor en Suiza que en Catalunya, y aún más lo fácil
que se olvida que España fue país de emigrantes. No se corta un pelo en
criticar a los políticos: hizo campaña contra Gil, y suelta que nunca le han
cuidado como empresario: “He dado muchas veces la vuelta al mundo, y nunca me
he encontrado a nadie del Copca que me diga que me puede ayudar”. La suya puede
ser una historia rocambolesca y desconocida. Con reconocimiento o sin él, una
historia de éxito, al fin.
La Vanguardia 28 de diciembre de 2003