Los límites de las marcas
Matt Haig analiza las razones de un centenar de famosos fracasos de grandes firmas

“Fracasos de marca”
Matt Haig
TRADUCCIÓN DE AIDA SANTAPAU
DEUSTO. BARCELONA, 2004
318 PÁGINAS, 25,5 EUROS

En la actualidad, nueve de cada diez productos nuevos de comestibles consisten en extensiones de marca

Coca-Cola fracasó con su New Coke porque confinó la importancia de su marca al sabor del producto

Justo Barranco - 18/01/2004

Cosmopolitan, la revista femenina más leída del mundo, lanzó hace unos años al mercado un yogur con su mismo nombre. La popular marca de cremas faciales Pond's hizo lo propio con un dentífrico. Los fabricantes de las motos Harley Davidson lanzaron un perfume; Bic, unos pantys desechables, e incluso Smith & Wesson, los fabricantes de revólveres, dieron su marca a unas bicicletas de montaña.

Estos productos no han tenido tan sólo en común su menguada vida. También han representado claros ejemplos de lo que se conoce como “fracaso de extensión” de una marca o, en otras palabras, el fracaso en la creación de un producto nuevo bajo el nombre de una marca ya establecida. Por ejemplo, para la mayoría de gente, Pond's tenía que ver con fragancia y frescura y sólo se usaba para aplicaciones externas; el dentífrico, por el contrario, está más asociado a la idea de sabor y de uso interno.

Ciertamente, la extensión de marca triunfa muchas veces: sin ir más lejos, Pond's se extendió con éxito a los jabones, y Cosmopolitan es ahora la segunda marca de ropa de cama en el Reino Unido y tiene planes para abrir cafés Cosmopolitan que encajen con las ideas de ciudad y sexo que vende la revista. Y la marca de discos Virgin, que ha fracasado con la creación de la Virgin Cola, tiene, sin embargo, seguros, trenes, viajes en avión o servicios de novia Virgin. Pero en cualquier caso, el número de fracasos de extensión de marca es elevado, y no es extraño, dado que en la actualidad nueve de cada diez productos nuevos de comestibles consisten en extensiones de marca. En todos estos casos, el corolario es que hay siempre que entender muy bien de qué va realmente la propia marca para poder transferirla a otros productos.

Sin embargo, la marca puede fracasar por muchas otras razones que por una incorrecta extensión. Además de esos ejemplos, Matt Haig repasa en su libro “Fracasos de marca” otros tipos de derrota posible. Por ejemplo, los fracasos de cultura de marca, como el descuido de la calidad y de la artesanía en las guitarras Fender –fabricantes de las famosas Stratocaster–, tras su compra por el gigante CBS. O fracasos por malas ideas: los Cereal Mates de Kellogg's estaban empaquetados junto a un bote de leche y una cuchara de plástico, pero no se ganaba rapidez en su consumo porque la leche siempre estaba tibia y los consumidores no la querían así. La velocidad de consumo tampoco ayudó al Campbell's Souper Combo, combinación de sopa congelada y bocadillo. Y tampoco triunfaron los cigarrillos sin humo de RJ Reynolds: sólo les apetecían a los no fumadores.

La cuestión es que los consumidores toman buena parte de sus decisiones de compra basándose más en la percepción de la marca que en la realidad del producto. Por eso, si las cosas fallan, la empresa le echará la culpa a la marca en lugar de al producto: lo que falla no es el artículo físico que hay en el estante de la tienda, sino lo que ese artículo representa, lo que conjura en la mente del comprador. Ciertamente, los consumidores no creen de verdad que haya una gran diferencia entre los productos, lo que significa que las marcas han de establecer vínculos emocionales con sus clientes.

En esa categoría estaría un fracaso sonado como el lanzamiento de la New Coke. Coca-Cola estaba alarmada por el terreno que le ganaba año a año Pepsi, que consiguió vender la idea de ser “lo nuevo” y se hizo con el mercado de consumidores jóvenes, de la “Generación Pepsi”. Pepsi, además, tenía un sabor más dulce que era preferido por la gente. A Coca-Cola, en los ochenta, sólo le salvaba en EE.UU. su potente distribución. El paso lógico fue crear una fórmula nueva, la New Coke, que en las pruebas de sabor tuvo un gran éxito: según los encuestados, tenía un mejor sabor que la original y era preferida a la Pepsi. El 23 de abril de 1985 se presentó la New Coke y unos días más tarde se detuvo la producción de la Coca-Cola original. El 11 de julio del mismo año, tras el boicot de los consumidores, se retiraba la New Coke y se reintroducía la antigua fórmula bajo el nombre de Classic Coke.

Confinar la importancia de la marca a una cuestión de sabor había sido un error. Además, la publicidad de Coca-Cola había dicho siempre que era “lo auténtico”, luego no podía aparecer una cosa “auténtica y nueva”. Curiosamente, Pepsi se dio cuenta antes que Coca-Cola del error, y lanzó un anuncio en el que un anciano sentado en un parque musitaba disgustado mirando la lata de Coca-Cola: han cambiado mi Cola. No me lo puedo creer”. Además, Coca-Cola había cometido otro error: clonar a su rival, invertir su imagen de marca para que se solapara con la de Pepsi. Por supuesto, su investigación de mercado fue defectuosa: tendrían que haber recordado los vínculos afectivos del público con la marca, que, de romperse, la llevan al fracaso.

La Vanguardia – Dinero 18 de enero de 2004

 

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