Música, internet y propiedad
ESTÁN amenazados la innovación
tecnológica, la libertad de creación y el acceso al dominio público de
contenidos
MANUEL
CASTELLS - 04/09/2004
Hace unos días, un tribunal de apelaciones de California, en decisión unánime
de sus jueces, rechazó la demanda de las grandes empresas musicales y
cinematográficas que pedía la ilegalización de programas de software como Morpheus y Grokster, mediante los
cuales se puede bajar e intercambiar música por internet
libremente. Éste es el mismo tribunal que en el 2001 obligó a cerrar la pionera
empresa Napster, que organizaba dicho intercambio. La
diferencia es que Napster tenía un archivo central y
buscaba en la red registros musicales disponibles. En la actualidad, el
intercambio se hace entre ordenadores (p2p), sin pasar por ningun
archivo central e incluso sin conocimiento de dónde se obtiene la música. Basta
con grabar música en el propio ordenador y entrar en la red de intercambio
utilizando alguno de los múltiples programas de software (Kazaa,
Morpheus, iMesh, LimeWire, BearShare, Grokster y otros), que automáticamente detectan el registro
buscado y permiten bajarlo al ordenador o a cualquier grabador MP3, donde se
puede almacenar el contenido. El tribunal argumentó que, aunque este software
pueda utilizarse para bajar material protegido por el derecho de propiedad,
también puede usarse, y se usa frecuentemente, para intercambiar contenido
propio de los usuarios y material en el dominio público, tales como las obras
de Shakespeare. La decisión judicial se basa en la
jurisprudencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos, que, en 1984, rechazó la
demanda de las empresas de Hollywood contra Sony Betamax intentando prohibir el vídeo para evitar que la
gente grabara las películas de la televisión. De hecho, entonces y ahora, la
justicia estadounidense trata de proteger la innovación tecnológica y los
beneficios de la difusión de información de la rapacidad de los monopolios que
buscan su perpetuación, tal como analiza el profesor de Stanford
Larry Lessig, conocido
jurista en derecho de propiedad intelectual, en el importante libro que acaba
de publicar bajo el título de Free culture.
La sentencia del tribunal va más allá de lo jurídico para situar el debate en
el fondo de la cuestión, recogiendo argumentos de Lessig
en su libro. Según esa sentencia, “la introducción de nueva tecnología siempre
perturba los viejos mercados y en particular a aquellos poseedores de derechos
de propiedad cuyas obras se venden mediante circuitos de distribución
establecidos”. “Pero la historia –continúa– demuestra que el tiempo y las
fuerzas del mercado acaban encontrando un equilibrio entre los distintos intereses,
ya sea la nueva tecnología, un piano mecánico, una fotocopiadora, una
grabadora, un vídeo, un ordenador personal, una máquina de karaoke
o un reproductor MP3”. De hecho, en el caso del vídeo, acabó siendo un negocio
redondo para las productoras cinematográficas: hoy día ganan más dinero de las
ventas y alquiler de vídeos de sus películas que de las taquillas de los cines
donde se proyectan.
En el caso de la música y de los DVD, el fenómeno de intercambio por internet es ya un fenómeno de masas que lo hace
irreversible. En Estados Unidos, de donde hay datos fiables, se calcula que
entre 43 y 65 millones de personas bajan música de internet
regularmente. En un determinado día del último mes, se bajaron 365 millones de
registros utilizando Kazaa, 125 millones utilizando Morpheus y casi 200 millones utilizando otros programas.
Actualmente, se calcula que, en promedio, en un momento dado hay 4,6 millones
de personas conectadas a internet bajándose contenido
libremente. En el 2002, según las empresas discográficas, se bajaron gratis de internet más de dos mil millones de CD. Según ellas, esto
las lleva a la ruina, pero, en realidad, sus ventas sólo cayeron de 882
millones de CD a 803 y sus ingresos se redujeron en menos de un 7%. Y es que la
contabilidad del caso es mucho más complicada. Porque, por un lado, alguien
tiene que comprar la música para empezar. Pero, además, la oferta libre permite
una difusión mucho mayor, que estimula en muchos casos la compra comercial.
Tal es el modelo de negocio con el que están experimentando algunas empresas
multimedia convencidas de la necesidad de adaptarse a la evolución tecnológica.
Pero las asociaciones de empresas discográficas y cinematográficas no dan por
perdida la batalla ni mucho menos. Y, como ha declarado el presidente de la
RIAA (las discográficas), Jack Palenti,
el paladín de la propiedad intelectual irrestricta, van a seguir utilizando
todos los medios contra lo que ellos llaman “piratería”. Ello quiere decir la
persecución legal de personas (generalmente jóvenes) que puedan identificar
electrónicamente. Ya han presentado más de 4.000 demandas en las que se piden
indemnizaciones millonarias o, en su defecto, si son niños o jóvenes, todos sus
ahorros o los de sus familias. La amenaza es seria, aunque no tuviesen razón
las empresas, porque los honorarios de abogado para defenderse en tales casos
arruinan la vida de una familia. Cuatro mil demandas sobre 65 millones de
piratas no parece una actuación eficaz, pero sí lo es como método de
indemnización. A quien le toca, le toca duro. Además, aprovechando la
influencia financiera que estas empresas ejercen sobre los congresistas
estadounidenses, están preparando una ley para prohibir directamente las
tecnologías en cuestión, así como para castigar la expresión de opiniones que
puedan considerarse inductoras a la utilización gratuita de contenidos en la
red que tengan derechos de autor.
Así pues, la lucha entre una visión fundamentalista del derecho de propiedad
intelectual y la creatividad tecnológica y cultural en la red no ha hecho más
que empezar. Y es un debate esencial, porque lo que se decide es, más allá del
bajarse música o películas que están en la red, la posibilidad legal de
utilizar todo el contenido que se encuentra en internet
y reutilizarlo o combinarlo sin necesidad de consultar a un abogado. Tal como
argumenta Lessig, y otros especialistas, buena parte
de la propia industria cultural depende de esta utilización de contenidos
producidos a lo largo de la historia. Si Walt Disney hubiera tenido que negociar con los herederos de Grimm y otros creadores de historias infantiles nunca
hubiésemos disfrutado de sus maravillosas adaptaciones en dibujos animados.
Pero ahora que Disney y otras grandes empresas
multimedia han acaparado buena parte de lo que la humanidad ha producido con
algún valor comercial, quieren cerrar la puerta hacia al futuro y vivir de las
rentas de su monopolio, en nombre de unos creadores a los que se les imponen
condiciones leoninas para publicar su creación bajo el control de las industrias
culturales, so pena de quedarse incomunicados.
Esto no quiere decir que la propiedad intelectual deje de tener sentido. Grabar
sin pagar un CD y venderlo en la calle es piratería de la de siempre. Pero el
libre acceso a los contenidos en internet y su uso e
intercambio para disfrute propio es algo muy distinto. Algo que al ser
practicado por decenas de millones de personas, convencidas de que hacen bien,
es irreversible y obliga a discutir seriamente la redefinición del derecho de
propiedad en el nuevo contexto tecnológico. Más aún cuando la represión sin
matices del fenómeno puede destruir el acceso a contenidos que están en el
dominio público, que no tienen derechos de autor reclamados o cuyos autores los
ponen libremente en la red.
Existen fórmulas, jurídicas y empresariales, para hacer que el acceso por internet se compagine con el pago de los derechos de autor
y con la compensación razonable de las empresas multimedia que invierten en la
publicación de contenidos. Pero esta adaptación necesaria al nuevo entorno
tecnológico no podrá avanzar mientras esté bloqueada por el atrincheramiento de
los fundamentalistas de la propiedad intelectual, que intentan beneficiarse
hasta el último segundo de su control sobre la creación basada en una legislación
heredada de un viejo contexto tecnológico.
El derecho de propiedad no está realmente en peligro, como no lo están las
empresas capaces de adaptarse al mundo actual. Pero sí están amenazados la
innovación tecnológica, la libertad de creación y el acceso al dominio público
de contenidos. Así pueden frustrarse las promesas más ilusionantes
de la era de la información.
La Vanguardia, 4 de Septiembre de 2004
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