Oraris komerziales’
EXISTEN MUCHOS interesados para un problema que debería limitarse a un solo principio: la libertad y la empresarialidad, con eficiencia
AMADEU PETITBÒ - 26/08/2004
Ante todo debo excusarme por el título del presente artículo, porque no sigue
los cánones gramaticales de la Real Academia Española. Pero como la discusión
sobre los horarios tampoco sigue siempre los principios del buen hacer, mi
decisión no debería parecer rara, porque también en este debate hay rarezas. En
todo caso, la licencia se justifica tan sólo por el objetivo de llamar la
atención del lector. Todo ello ha sido motivado por la reacción ante un informe
sobre la economía catalana que se limitaba a decir que, de acuerdo con los
datos del FMI, las restricciones administrativas sobre el sector de la
distribución y los servicios pueden estimarse, a largo plazo, en un 10% de la
ocupación y que puede encontrarse una relación negativa entre el nivel de
regulación y el crecimiento de la ocupación en el sector servicios.
El debate, hasta ahora, no ha sido completo ni ha estado dotado de la
suficiente seriedad y rigor. Incluso se han utilizado parcialmente los análisis
de los economistas, olvidando que si se juega se debe jugar limpio. El debate
debe tener lugar sin trampas ni insultos. Las trampas no valen, y menos aún
cuando provienen de asesores que sólo quieren agradar al jefe. Y los insultos
son inaceptables por su inutilidad, entre otras razones.
El asunto que deben resolver los responsables de la política comercial se
reduce a encontrar el remedio más eficaz y eficiente a los intereses,
simultáneos y no coincidentes, de grandes, pequeños y medianos comerciantes,
consumidores, proveedores, estudiosos y políticos. Muchos interesados para un
problema que debería limitarse a un solo principio: la libertad y la empresarialidad, sometidas a normas eficientes basadas en
eliminar los obstáculos para que triunfe el capaz. Las cuestiones relacionadas
con la justicia social deben andar por otro camino, paralelo pero distinto.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que se dijo que debería concederse a los
pequeños comerciantes un plazo para que adaptaran sus estructuras comerciales a
las nuevas circunstancias, apoyadas en los principios de la libre y leal
competencia? ¿Cuántos recursos públicos se han dedicado a dicho objetivo? ¿Qué
han hecho los responsables de administrar dichos recursos? ¿Cómo se han
defendido los intereses de los consumidores?
Con este marco de referencia quiero subrayar algunas cuestiones.
En primer lugar, el programa del Partido Socialista. En dicho programa se hacía
referencia a la flexibilización de los horarios comerciales, eliminando el
mínimo de 90 horas de apertura semanal y habilitando a las comunidades
autónomas a establecer libremente el número de festivos de apertura, respetando
un mínimo de 8 festivos anuales. Entiendo que los pactos deben cumplirse,
aunque resulten incómodos. De acuerdo con este principio, el ministro del ramo,
con inteligencia, ha respetado su programa electoral, estableciendo un mínimo
bajo pero dando libertad a las comunidades para restringir o incrementar la
libertad. Este hecho abrirá la posibilidad de discutir de nuevo la cuestión en
el futuro sobre bases ciertas; es decir, comparando con datos reales los
resultados obtenidos por las autonomías de Madrid y Catalunya, por ejemplo.
En segundo lugar, el necesario rigor en el análisis. El debate no es trivial.
En consecuencia, debe pedirse a sus actores que respeten las reglas del rigor y
la seriedad. Las citas ilustran pero cuando se alteran confunden. Por ello me
han sorprendido determinadas interpretaciones oficiales del pensamiento de Tullock o Klemperer, aclaradas
por A.J. Padilla. No es aceptable que los asesores
confundan el rábano con las hojas e induzcan al político a decir lo que no es.
Ahora lo pertinente es reexaminar las conclusiones alcanzadas sobre bases
falsas y reinterpretarlas a la luz de una nueva lectura de las referencias básicas,
añadiendo a éstas el reciente informe del Círculo de Empresarios sobre la
distribución comercial o las oportunas referencias a los organismos
internacionales (FMI, OCDE, por ejemplo) debidamente comprendidas.
En tercer lugar, la exigible elegancia en el debate. Algunos representantes
cuyo mérito alegado son los años de vida y la dedicación al comercio, pero no
las horas de lectura, tienden a sustituir la argumentación ilustrada por la
descalificación huera, sea a mi persona, lo que poco me importa, o a un ilustre
periodista que nada tiene de barriobajero y que defiende sus ideas con la
fuerza de los argumentos y el vigor de la observación vivida. En este punto
quiero subrayar que por creer en la fuerza creativa de los empresarios nada
tengo contra el pequeño comercio sino todo lo contrario. Entiendo los insultos
pero lo que defiendo es el derecho a ejercer la libertad comercial sin barreras
innecesarias. Defiendo la empresarialidad y me
preocupan los privilegios injustificados que benefician a unos pocos y
perjudican a consumidores que prefieren que el sector comercial sea eficiente y
ofrezca las mejores condiciones a la hora de obtener los bienes y servicios que
configuran la cesta de la compra. Todo es tan claro como la necesaria
sustitución de los epítetos descalificadores por
argumentos basados en el cabal uso de la inteligencia.
Como estoy convencido de que la decisión sobre los horarios está tomada, tal
vez sea una cuestión susceptible tan sólo de recuperación en su día.
Personalmente, deseo que dentro de unos años el asunto se reconsidere a la luz
de los resultados, de la racionalidad económica y social y sin insultos. Que
así sea.
AMADEU PETITBÒ, ex presidente del Tribunal de Defensa de la Competencia
La Vanguardia, 26 de agosto de 2004