El arsenal de
comunicaciones instantáneas satura el espacio laboral
Armas de
interrupción masiva
J. RAMÓN GONZÁLEZ CABEZAS
- Barcelona - 31/08/2006
El medio
laboral se ha convertido en un cosmos sin fronteras sometido a diario a la
irrupción masiva e ininterrumpida de comunicaciones y
mensajes de todo tipo a través de todo género de canales y soportes. El boom de la tecnología de las comunicaciones instantáneas ha
revolucionado los hábitos, pero el balance no es siempre alentador
"Es una lucha contra esa necesidad
insana de estar on line",
dice un alto ejecutivo
Al regreso de vacaciones, el ordenador de la
oficina acumula fácilmente unos tres mil correos electrónicos, la mayoría no
deseados (spam).Esto supone una lluvia media
diaria de un centenar de e-mails, acompañados del (im) pertinente bip o
señal de alerta. El despacho de este caudal puede llevar horas y hasta una
mañana entera, pero sólo es una parte del torrente de interrupciones que se
generan en el medio laboral por las comunicaciones instantáneas. Estudios
realizados en Estados Unidos y el Reino Unido sostienen que el alud de correos,
alertas y mensajes de voz y texto que cae a diario sobre empleados y ejecutivos
a través del arsenal tecnológico (ordenador, móvil, Blackberry
o asistente personal) genera adicción y hasta puede llegar a ser una distracción
dañina que afecta a la productividad.
"Incluso en las reuniones de ejecutivos, el problema de las comunicaciones
instantáneas se ha convertido definitivamente en algo así como un pequeño gran
infierno", afirma L. G., alto ejecutivo para Europa de uno de los líderes
mundiales de las telecomunicaciones, quien prefiere acogerse a la reserva. Pese
a estar habituado al uso cotidiano de la tecnología en cualquier lugar o
circunstancia, L. G. no duda en presentar el caso como una auténtica
"lucha contra esa necesidad insana (sic) de estar siempre on line".
La proliferación y enorme sofisticación de los canales de comunicación
instantánea ha ampliado de forma prácticamente ilimitada las posibilidades de
emitir o recibir de forma permanente toda clase de mensajes, hasta el punto de
convertir el entorno de trabajo en lo que algunos expertos describen como
espacio CPIS o en situación de interrupción parcial continuada.Según un insólito estudio
realizado por Glenn Wilson, profesor de psiquiatría
en la Universidad de Londres, citado por el sesudo Financial
Times,los
trabajadores sometidos a este tipo de escenario y al fuego cruzado de correos
electrónicos, SMS y llamadas telefónicas pueden ver reducido su coeficiente
intelectual hasta en un 10%. El diario FT añade que estudios similares
realizados entre consumidores regulares de cannabis y
otros sin consumo alguno revelan sólo una caída de cinco puntos. Ahí es nada.
"Hay muchas personas con hábitos terribles y hasta infantiles que reflejan
una situación de adicción, más allá de toda necesidad razonable", añade L.
G. "No pueden vivir sin atender al instante sus correos y mensajes y están
conectados en cualquier lugar y situación sin decir ni buenos días",
prosigue. Enric Colet,
profesor de Esade y experto en sistemas de
información, considera que, en general, las nuevas herramientas tecnológicas
mejoran la potencialidad del trabajo, pero admite el impacto de los nuevos
canales especialmente intrusivos, los excesos de la
conexión permanente y el solapamiento de usos dentro y fuera del ámbito
profesional. "La gente joven que entra en el mundo laboral se ha formado
en la cultura y los hábitos de la mensajería instantánea y tiende a mantenerse
conectada en el trabajo, de modo que está enchufada de forma simultánea
a la red profesional y su propia red social de contactos", afirma Colet, quien destaca este hecho como "un fenómeno
creciente con la llegada de las nuevas generaciones al mercado de trabajo.
"La saturación de comunicaciones instantáneas puede crear un cierto
desequilibrio emocional y el riesgo de adicción es incontestable", añade.
Algunos especialistas consideran que los efectos nocivos del fenómeno son más
sensibles en trabajos de naturaleza intelectual. Según el norteamericano Jakob Nielsen, experto en el uso
de tecnologías de la información, cada interrupción exige entre cinco y quince
minutos de tiempo para recuperar al cien por cien la concentración en la tarea
principal. Otro estudio realizado por la compañía Bassex
de Nueva York, especializada en investigación sobre
tecnologías de la información, concluye que la factura diaria de las
interrupciones rebasa las dos horas, incluido el tiempo de recuperación.
"Efectivamente, la gente que necesita concentración en su trabajo debe
desconectarse del sistema en determinados momentos", afirma Enric Colet. "La
comunicación instantánea es en general incompatible con el trabajo intelectual
o un trabajo físico delicado", añade el profesor de Esade,
quien subraya como contrapunto, sin embargo, los beneficios de las nuevas
herramientas en determinado tipo de actividades: "En las ocupaciones
basadas en la acción-intervención inmediata constituyen una enorme ventaja, al
ampliar la capacidad y radio de respuesta. Este sería el caso de un responsable
de seguridad informática o un agente de bolsa", declara. Al margen de la
tesis de la merma de productividad, Colet cree que
las empresas se benefician de los sistemas de comunicaciones instantáneas,
desde el correo electrónico hasta los móviles y el Blackberry.
"Son útiles que han incrementado la productividad para las empresas, ya
que su uso extiende el trabajo a la vida privada de los individuos, con la
consecuente invasión de su tiempo libre, espacio del que se apoderan sin
más", dice Enric Colet.
En efecto, la intrusión en el espacio no laboral va desde el andén del metro
hasta la propia alcoba o la casa en la costa: es habitual presenciar el
espectáculo de un ejecutivo cerrando a gritos y sin rubor alguno un negocio en
negro ante decenas de estupefactos seres inocentes hacinados en la
plataforma del autobús o las tumbonas de playa.
"Como todo en general, la tecnología de comunicaciones instantáneas es un
útil formidable, pero siempre y cuando no se abuse hasta caer en el
sometimiento", concluye por su parte L. G., quien asegura desenchufarse
periódicamente del espacio virtual para poder recargar baterías al
cien por cien.
La Vanguardia, 31 de agosto de 2006