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Vivir conectados

La profusión de conexiones puede socavar la productividad de los empleados

Norberto Gallego  - 27/08/2006

 

La obligación de los teléfonos móviles se ha extendido a todos los trabajadores 'nómadas'

Hay quien juzga el teléfono móvil como una prótesis social que ayuda a soportar la soledad

Comparar un teléfono móvil con un rosario puede sonar a osadía. Pero, según la socióloga Amparo Lasén, ambos objetos cumplen, además de sus funciones específicas, dos requisitos: mantienen la mente ocupada y aportan una sensación táctil de bienestar. Durante dos años de estancia en la Universidad de Surrey, Lasén se ha especializado en la investigación de las actitudes sociales frente a una tecnología que ella califica como "afectiva", porque actúa como mediadora en la expresión de las emociones.

Que los sociólogos se hayan volcado en el análisis de estos fenómenos no es extraño. La tecnología ha invadido todos los rincones de la vida cotidiana, pasando de los laborales a los personales, hasta el punto de que la telefonía móvil ha merecido un juicio por lo menos curioso: "es una prótesis social, que ayuda a soportar la soledad". Sin llegar tan lejos, es inevitable coincidir con ellos en que los objetos técnicos que nos rodean no son meros accesorios, ni mucho menos neutrales, sino que contribuyen a conformar la mentalidad de la época.

El hombre actual, salvo excepciones, vive permanentemente conectado. En la medida que las redes abarcan ya todos los dispositivos domésticos, el fenómeno irá en aumento y ello alarma a mucha gente. Los especialistas advierten que todo individuo puede, si lo desea, mantenerse desconectado, pero saben, ellos y los usuarios, que pocas personas podrían permitirse esa actitud sin caer en el ostracismo social. Los argumentos a favor de la movilidad y la conectividad, entendidos como atributos positivos, son bien conocidos: abolidas las limitaciones de tiempo y espacio, el individuo adquiere autonomía y flexibilidad. Al margen de los entusiastas, se expresa un pensamiento crítico, que reivindica el derecho a la desconexión (asunto éste que, por cierto, mencionaba retóricamente la directiva de 1997 de la CE sobre sociedad de la información).

Hasta hace pocos años, sólo unas pocas profesiones estaban sometidas al cumplimiento de guardias telefónicas; desde la generalización de los móviles, esa obligación se ha extendido, de hecho, a todos los trabajadores nómadas.Yno se trata sólo de estar disponibles para atender una llamada: hay aplicaciones que, una vez instaladas en un móvil, transmiten a una consola central los datos de las comunicaciones del personal desplazado, incluyendo (si la empresa lo desea y el trabajador lo consiente) el contenido de sus mensajes SMS. Éste es el propósito del software Vervata, propuesto por una empresa de nombre inequívoco, FlexSpy. Otros programas

- como Trilocator-, facilitan el rastreo permanente de los movimientos del empleado gracias a los registros de la función GPS que lleva instalada en su teléfono móvil.

Durante años, en las empresas, los directores de sistemas se inquietaban por los efectos del exceso de información, a menudo inútil y redundante, que llegaba a sus empleados a través de internet. Hoy, las soluciones tecnológicas permiten domeñar el flujo de datos mediante filtros electrónicos y normas de gestión de tráfico.

Pero, con la profusión de nuevos canales de comunicación, ha aparecido otro problema: el número de llamadas telefónicas, mensajes instantáneos y correo electrónico que recibe cada empleado durante una jornada laboral atenta contra la productividad del personal. Algunos consultores, que se dicen especialistas en timemanagement,han bautizado este fenómeno como "síndrome de interrupción parcial continua" (sic), y han calculado, sobre la base de muestras, que un empleado de oficina dedica (¿pierde?) en promedio hasta dos horas al día - la cuarta parte de la jornada laboral- a causa de interrupciones cuyo origen está en la disponibilidad de múltiples conexiones permanentes. Esto, sin contar el tiempo que necesita, tras cada interrupción, para retomar el hilo de su tarea.

No es concebible que las empresas renuncien a unas tecnologías que han adoptado precisamente por su cualidad para elevar la productividad. De manera que, mientras se buscan soluciones más sofisticadas, los consultores recomiendan adoptar fórmulas simples de gestión del tiempo. Por ejemplo, dar cursos de formación para que el empleado aprenda a alternar períodos de conexión y desconexión. Las llamadas y mensajes, internos o externos, podrían ser despachados en tandas de media hora de conexión cada tres horas de trabajo.

Entretanto, en la esfera personal, la perversión intrínseca de los teléfonos móviles ha obligado a que muchos espacios públicos - empieza a ser común en los restaurantes- instalen blindajes contra las señales intrusivas. Al mismo tiempo, cuando todo parecía indicar que la oferta de acceso ilimitado a internet sería un servicio indispensable en la hotelería, últimamente ha aparecido otro tipo de establecimiento, cuyo argumento de promoción es exactamente el opuesto: son islas de desconexión

La Vanguardia, 27 agosto de 2006

 

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